Esta historia parte con un regalo inspirador y una familia de compradores compulsivos. Mentira. O sea, en realidad es verdad, pero digámoslo de una forma más bonita porque el objeto de deseo responde al comercio consciente, local, y MARAVILLOSO.

Unos amigos me regalaron para mi cumpleaños el libro que recopila parte de la experiencia de la artista Rosemarie Primm con las bordadoras de Copiulemu, un proyecto alucinante de arte y aporte al desarrollo e identidad de una comunidad. Más información en este video.

Así que, después de mostrarles el libro a mis padres –unos bacanes- aprovechamos el día siguiente que era feriado con sol para endilgar para allá. Tomando la ruta 148, llegas en unos 40 minutos en auto.

Es un pueblo pequeño, y siguiendo la única calle más ancha que se ve desde la carretera, llegas hasta la cima de la loma a la Casa de la Cultura, donde están en exhibición los trabajos de las bordadoras. Al lado está el jardín infantil, también gestionado por Prim. Si tienes la misma suerte que nosotros, encontrarás la Casa cerrada, y estarás obligado a conversar con el vecino de la casa de en frente, el que tiene las llaves, quien te esperará pacientemente a que tus ojos se empapen del detalle colorido de las lanas tejidas sobre arpilleras, que cuentan las historias que él vive día a día. También tendrás la suerte de que te invite a su casa y te muestre todos sus tesoros: antigüedades increíbles, como molinos, máquinas de coser, y hasta escopetas, y los frutos de la tierra: todo tipo de callampas, changles, sus miles de gatos y deuncuantohay. Y si tu corazón es puro, él moverá sus hilos para que una de las bordadoras te firme el libro.

Saldo del viaje: Tres arpilleras, muchos pocillos de greda, varias bolsas de changle, y los cachetes adoloridos de tanto sonreír.